Luchando contra los cueros de vino
Ayer hayame yo por fin en el castillo, en compañía de la bella princesa Micomicona de Etiopía y mi fiel escudero Sancho, que afirmo, es un tanto basto algunas veces.
¡Que cansancio me se tendía! Así que pedí a la dama del lugar que fuera tan amable de darme cobijo en una habitación mejor que la última vez, en donde no fue muy cómoda mi estancia. Supongo yo que mis hazañas han corrido antes que mi llegada, pues la buena mujer me reconoció enseguida, y creo que incluso con cierta alegría, pues debe ser un honor dejar que me hospede en su humilde castillo.
Me tendí muy pronto a dormir, pues alcanzome el cansancio incluso antes de bajar a contar mis aventuras y los planes contra el gigante, junto con mis amigos y los curiosos que quisieran acercarse a escuchar.
Cosa extraña fue, que el gigante con el que iba yo a combatir en Etiopia, por la princesa Micomicona, siguió a la dama hasta dar conmigo, y el muy cobarde y tacaño vino a acecharme de noche, cuando yo dormía y descansada después de tanta penitencia por mi Dulcinea, que espero que ella también me llame “suyo”, pues realmente no soy de nadie más.
Pero yo siempre estoy alerta, y cuando me pareció oír un sonido extraño, me levanté de un salto, cogí mi escudo, mi espada, que hacia al lado de la cama, y mi casco, el cual pareciome más liviano... sería seguramente la fuerza de la batalla que estaba a punto de comenzar. Con un solo aspadazo le corté la cabeza al gigante, el cual no se esperaba mi rapidez, y le cubrí con mi espada cientos de estacazos. Extraño también que en aquel momento una cortina de fría lluvia pasome por encima, seguramente sea causa del clima tan peculiar últimamente, y al girarme aparecieron corriendo mi escudero Sancho y la bella princesa, a quien mostré mis respetos y comuniqué que no debía espantarse más, pues ya había matado al gigante. Eso si, intentaron convencerme de que no había matado al gigante, sino a un cuero de vino, pero no conseguirán quitarme la hazaña que merezco tener.
Luego unos amigos me echaron en la cama, sobre la cual caí de nuevo en profundo sueño, ya realizada mí promesa., pero poco rato más tarde me despertaron unos ruidos de gentío, que procedían de la parte baja del castillo. Sancho apareció enseguida y empezó a soltar una sarta de disparates sin razón, sobre que la princesa Micomicona se había convertido en una dama particular.
Cual fue mi sorpresa al bajar al piso inferior y afirmar los balbuceos del escudero, pues la princesa misa me lo confirmó, aunque también intento convencerme de que no había matado al gigante. Me ofrecí para llevarle la cabeza de su enemigo, que la había destinado a dama, pero ella me dijo con dulces palabras que era la misma, y que seguía necesitando mi ayuda.
¡Gran noticia! pues eso significa que podré seguir llenando mi lista de aventuras.
Entró un poco tiempo después un señor con vestiduras no cristianas, junto con una bellísima dama mora que deseaba bautizarse.
La cena se sirvió rápidamente, y yo ocupé altivo la cabecera de la larga mesa, mientras creo que dije uno de los mejores discursos que he dicho des de que soy caballero, pues mi oficio me inspira.
Gran historia fue también la que contó el hombre vestido de morisco: una historia de amor cautivo junto con la dama que viajaba con él.
Poco rato después entró en el castillo una dama muy joven con un hombre honorable cual título de “Juez del consejo Real” al que, como caballero, me acerqué a saludar y dar la bienvenida. Todo sucedió muy rápido después, ya que acabamos de cenar juntos, pero el hombre y la dama que vestían ropas moras se marcharon a una sala a cenar solos. Yo he escuchado muy atentamente, pues el hombre tenía grandes ansias de encontrarse con su hermano, que creo que es una causa muy justa.
¡Resultó que el hombre vestido de morisco y el honorable juez eran hermanos!
Que gracias concede el mundo de la caballería a quien la admira, pues digna es de admirarse.
Ahora escribo estas últimas líneas fuera del castillo, ya que me he ofrecido a hacer la primera guardia.
El Caballero de la Triste Figura
Núria Riva
Anna Farell
Emma Grané
Jara Cerezuela
¡Que cansancio me se tendía! Así que pedí a la dama del lugar que fuera tan amable de darme cobijo en una habitación mejor que la última vez, en donde no fue muy cómoda mi estancia. Supongo yo que mis hazañas han corrido antes que mi llegada, pues la buena mujer me reconoció enseguida, y creo que incluso con cierta alegría, pues debe ser un honor dejar que me hospede en su humilde castillo.
Me tendí muy pronto a dormir, pues alcanzome el cansancio incluso antes de bajar a contar mis aventuras y los planes contra el gigante, junto con mis amigos y los curiosos que quisieran acercarse a escuchar.
Cosa extraña fue, que el gigante con el que iba yo a combatir en Etiopia, por la princesa Micomicona, siguió a la dama hasta dar conmigo, y el muy cobarde y tacaño vino a acecharme de noche, cuando yo dormía y descansada después de tanta penitencia por mi Dulcinea, que espero que ella también me llame “suyo”, pues realmente no soy de nadie más.
Pero yo siempre estoy alerta, y cuando me pareció oír un sonido extraño, me levanté de un salto, cogí mi escudo, mi espada, que hacia al lado de la cama, y mi casco, el cual pareciome más liviano... sería seguramente la fuerza de la batalla que estaba a punto de comenzar. Con un solo aspadazo le corté la cabeza al gigante, el cual no se esperaba mi rapidez, y le cubrí con mi espada cientos de estacazos. Extraño también que en aquel momento una cortina de fría lluvia pasome por encima, seguramente sea causa del clima tan peculiar últimamente, y al girarme aparecieron corriendo mi escudero Sancho y la bella princesa, a quien mostré mis respetos y comuniqué que no debía espantarse más, pues ya había matado al gigante. Eso si, intentaron convencerme de que no había matado al gigante, sino a un cuero de vino, pero no conseguirán quitarme la hazaña que merezco tener.
Luego unos amigos me echaron en la cama, sobre la cual caí de nuevo en profundo sueño, ya realizada mí promesa., pero poco rato más tarde me despertaron unos ruidos de gentío, que procedían de la parte baja del castillo. Sancho apareció enseguida y empezó a soltar una sarta de disparates sin razón, sobre que la princesa Micomicona se había convertido en una dama particular.
Cual fue mi sorpresa al bajar al piso inferior y afirmar los balbuceos del escudero, pues la princesa misa me lo confirmó, aunque también intento convencerme de que no había matado al gigante. Me ofrecí para llevarle la cabeza de su enemigo, que la había destinado a dama, pero ella me dijo con dulces palabras que era la misma, y que seguía necesitando mi ayuda.
¡Gran noticia! pues eso significa que podré seguir llenando mi lista de aventuras.
Entró un poco tiempo después un señor con vestiduras no cristianas, junto con una bellísima dama mora que deseaba bautizarse.
La cena se sirvió rápidamente, y yo ocupé altivo la cabecera de la larga mesa, mientras creo que dije uno de los mejores discursos que he dicho des de que soy caballero, pues mi oficio me inspira.
Gran historia fue también la que contó el hombre vestido de morisco: una historia de amor cautivo junto con la dama que viajaba con él.
Poco rato después entró en el castillo una dama muy joven con un hombre honorable cual título de “Juez del consejo Real” al que, como caballero, me acerqué a saludar y dar la bienvenida. Todo sucedió muy rápido después, ya que acabamos de cenar juntos, pero el hombre y la dama que vestían ropas moras se marcharon a una sala a cenar solos. Yo he escuchado muy atentamente, pues el hombre tenía grandes ansias de encontrarse con su hermano, que creo que es una causa muy justa.
¡Resultó que el hombre vestido de morisco y el honorable juez eran hermanos!
Que gracias concede el mundo de la caballería a quien la admira, pues digna es de admirarse.
Ahora escribo estas últimas líneas fuera del castillo, ya que me he ofrecido a hacer la primera guardia.
El Caballero de la Triste Figura
Núria Riva
Anna Farell
Emma Grané
Jara Cerezuela



1 Comentarios:
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