Defendemos a Marcela
En nuestro camino nos encontramos a unos cabreros que nos acogieron amablemente a mi y a mi señor. Estos cabreros nos afrecieron comida ya que estabamos muy hambrientos. Mi señor me afreció comer de su plato y beber de su copa. Para comer nos ofrecieron un puñado de bellotas y medio queso. Entonces mi señor nos echó una charla sobre los tiempos pasados, los cuales, según decía, eran mucho mejores; ya lo dice el refran: “cual quier tiempo pasado fue mejor”. También nos decía que en estos tiempos ninguna dama estaba segura, y que por eso existía la orden de caballeros andantes a la qual el pertenecía.
Luego uno de los cabreros ordenó a Antonio, un zagal que cantara un romance. Fue entonces cuando llegó un cabrero llamado Pedro que nos contó, que murió Grisóstomo por el amor de Marcela.
Sin embargo mi señor no entendió la historia y le preguntó a Pedro , que respondió que el muerto era un hidalgo rico con estudios y muy sabio, y al volver de Salamanca, de donde estudiaba, murió su padre y el heredo una gran fortuna.
Marcela era la hija de un labrador aún más rico que el padre de Grisótomo, y era tan bella que a los quince años ya destacaba por su belleza y no había mozo que no se enamorase de ella. Y cuando murieron sus padres decidió ir a vivir al campo y hacerse pastora. Todos los pastores le pedian contraer matrimonio, pero se negó. Y Grisóstomo estaba entre esos pastores y por eso murió.
Una vez acabada la historia nos fuimos a dormir. A la mañana siguiente fuimos con los cabreros al entierro de Grisóstomo. En el entierro había un cabrero y al ver que mi señor decía que era un caballero lo tomo por loco, pero para reirse un rato le hizo preguntas sobre su profesión.
Los amigos de Grisóstomo llevabaron su cuerpo al pie de una peña. Más tarde un amigo suyo hizo un pequeño discurso sobre la vida de Grisóstomo, y en ese momento apareció a lo alto de la peña la pastora Marcela. Ella nos venia a dar explicaciones de su situación, y entre los insultos de los amigos de Grisótomo, ella nos explicó que ella no estaba obligada a corresponderle, y no lo mató ella, sino su insistencia. Y sin querer oír respuesta alguna volvió la espalda y se adentró en lo más cerrado del bosque.
En ese mismo instante a mi señor le pareció bien usar de su caballería para socorrer a una doncella y nos dijo que nadie se atreviera a seguir a la hermosa Marcela. Luego mi señor se despidió y decidió que fuesemos en busca de Marcela, y así lo hicimos.
Arnau Rubió
Sonia Minguez
Joan Ortíz
Lorena Roset
(3º A)


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