Todos se refocilan
Mientras comíamos, dejamos a Rocinante pacer a sus anchas y éste se acercó a unas yeguas con la intención de refocilarse, pero lo yangüeses acudieron con estacas a defender a sus yeguas y a Rocinante lo dejaron abatido en el suelo. Al ver aquello mi señor y yo fuimos a socorrer al caballo, pero los yangüeses nos superaban en número y nos dejaron maltrechos en el suelo.
A pesar de nuestro estado logramos levantarnos con grandes pesares y nos pusimos en marcha por el camino real. Gracias a Dios, encontramos una venta, que mi amo tomó por castillo, dónde reposamos, y nos prepararon un lecho para cada uno donde descansamos. A la noche, Maritormes esperaba al arriero para refocilarse con él. Mientras ella esperaba, mi señor perdió el juicio y la tomó por una bella doncella, acercándose cada vez más a ella, con esto que llegó el arriero y al ver a mi señor con Maritormes le pego un puñetazo, y una vez en el suelo unas patadas en las costillas. El lecho no aguantó el peso de los dos y al romperse hizo un gran estruendo, que despertó al ventero y pensando que lo había causado Maritormes se fue hacia allí pegando gritos e insultándola, ella se puso encima de mí para esconderse de su amo, y yo intenté quitármela de encima frenéticamente, dándole golpes, empujándola, etc. Al arriero no le gustó nada eso y se unió a la escaramuza, dándome tales golpes que seguro que me iban a doler durante los próximos días. Cuando llegó el ventero empezó a golpear a Maritormes. Y entre todo aquel caos entró un guardia de la santa hermandad que se alojaba en la venta, y al ver a mi señor tendido en el suelo se pensó que estaba muerto, e hizo sonar la alarma de que un hombre había muerto.
Estuve hablando con mi señor un rato y nombró el bálsamo de Fierabrás. Me mandó al ventero para que le trajera los ingredientes, y una vez estuvo terminado, se tomó el bálsamo, y empezó a vomitar, después durmió durante tres horas, y cuándo despertó se encontró mucho mejor. Al ver aquello pensé que era un milagro, pero después de tomarme el bálsamo empecé a tener tantas arcadas, sudores y desmayos, que pensé aterrorizado que había llegado mi hora, y ya no volvería a ver la luz del día. Mi señor me dijo que era porque yo no había sido nombrado caballero, ¿y es que si él lo sabía porque no me lo había dicho antes? Empecé a vomitar por todos lados, mientras mi señor Don Quijote estaba tan tranquilo y con ganas de partir.
Más tarde me ayudó a montarme encima de mi burro, se montó sobre Rocinante, se despidió y se fue sin pagar. Pero cómo él no había pagado el ventero vino a cobrarme a mí, y yo le dije que no, al igual que mi señor. Entonces unos tejedores y unos alfileteros me cogieron por sorpresa y me empezaron a elevar con una manta, yo comencé a dar gritos y al oírme mi señor empezó a lanzar injurias contra aquellos hombres. Al cabo de un rato pararon y me pusieron sobre mi burro, Maritormes vino a darme agua, pero yo le pedí vino, y salí contento de no haber pagado nada al ventero.


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